El Creador tiene miedo de que su criatura naufrague

El Creador tiene miedo de que su criatura naufrague. Esto en otras religiones sería inusitado. De hecho, cuando los melómanos volvemos una y otra vez a ?El anillo del Nibelungo?, las famosas cuatro óperas de Wagner, asistimos a la experiencia de las batallas entre dioses y humanos por la adquisición del poder y la dominación del mundo. Pero conociendo al Dios que se ha hecho carne, es inevitable que le resultamos hechura suya, y no quiere que nos alejemos de la verdad, para que disfrutemos de nuestra naturaleza humana. Es un Dios entusiasta, aliado, amigo, amante, no enemigo a la puerta dispuesto a pillarnos en un renuncio. Si no nos hubiera regalado la libertad, habría sido todo más fácil, porque se habría puesto a enmendarnos a cada poco con su omnipotencia y problema resuelto. El asunto es que la libertad nos pone en disposición de acertar o errar, ése es el tablero donde se mueven las fichas de lo humano. A mí me parece que la vida es un gran reto, ganarse o perderse, ahí es nada. En una obra capital de nuestro tiempo, ?La agonía de Europa?, la filósofa María Zambrano justamente subraya esta aventura de lo humano. Ella dice que el mundo no es apariencia, donde en el fondo todo sería un mero entretenimiento, sino avatar, riesgo, aventura, peripecia (me encantan todos estos sustantivos de la filósofa). Y se atreve a decir, ?el hombre es polvo y ceniza, pero estas cenizas tienen sentido. Tal rebeldía se origina de un amor por esencia insatisfecho, un indómito amor imposible de reducir a platonismo alguno. Un amor que no tolera canje de ninguna especie, que no da nada a trueque de la inmortalidad?. Siempre que leo a esta mujer no sé qué pasa pero me transmite un entusiasmo apabullante. No sólo dice cosas maravillosas, sino que dice muy bien la maravilla. Pone siempre al hombre a una altura que se corresponde con la semejanza con su Creador. ¿Cuál es el reto más profundamente humano?: no llegar a colonizar Marte, sino llegar a entenderse a sí mismo. Saber que la armonía vital viene en virtud de nuestra semejanza con Dios y por estar orientados hacia Él. Queda entonces dicho el resumen de nuestra vida. El otro día tuve que dar la unción de enfermos a un joven moribundo que acababa de sufrir un infarto. A punto de abandonar este mundo, su madre me decía, ?no puede ser, ahora no se puede ir, acaba de hacer un máster en un bufete de abogados muy importante?. Me quedé literalmente helado. ¿Es que no sabemos que en la vida arde la cera que hay?, ¿que no hay un programa de actuación que se elabora de punta a cabo?, ¿que normalmente nos vamos de este mundo con la cama a medio hacer? Nada más importante que un buen ejercicio de la libertad y un estado de comunión con Dios. A partir de ahí, los bufetes pueden esperar, porque no marcan la diferencia. ¿Cuándo nos perdemos? Cuando hacemos el mundo a nuestra imagen y semejanza. Le pasó a Caín, cuya ciudad estaba gobernada por las pasiones, los desencuentros y la violencia. Cuando repetimos en nuestro día a día la frase de los hacedores de Babel, ?hagamos una ciudad para nosotros?, entonces excluimos a Dios. Y si no hay Dios, todo se convierte en un sindiós, que es una forma muy coloquial de nombrar el caos. En uno de sus hermosos poemas, T. S. Eliot nos dice, ?los hombres han abandonado a Dios por ningún Dios, y esto no había sucedido nunca?. Y así, cuando el hombre se aleja de la verdad es cuando nuestro Creador tirita, porque vamos sin brújula. Algún día seremos conscientes de cuánto contamos para nuestro Dios.